La pinza entre enemigos remata el prestigio monárquico










Los españoles han echado al último Borbón no por Rey, sino por ladrón", escupía Valle-Inclán sobre el millonario Alfonso XIII. Casi nueve décadas después la historia debería repetirse, pero no lo hará. ¿La culpa? La prensa cobardemente cortesana que sufrimos. En los periódicos de hoy nadie pide perdón por el sucio silencio que mantuvieron durante cuatro décadas sobre el chorizo mayor del reino, Juan Carlos I.

Solo ayer, OK Diario y El Español, con Manuel Cerdán y su ahijado Daniel Montero, pescaron en el congelador de las cloacas del despechado Villarejo y evidenciaron que el Rey emérito utiliza al CNI para amenazar a su ex amante, fulana financiada con fondos públicos, a la que le exige que le devuelva su fortuna tras utilizarla como testaferro. Ella, muy digna, dice que eso es blanqueo, como si no supiera de qué iba la vaina desde que se encamaba con el heredero de Franco.

Las reacciones de los medios han sido dispares, pero llama la atención la respuesta de Jesús Cacho, que en el imprescindible 'El negocio de la libertad' ya evidenciaba que la testa coronada estaba podrida de corrupción. Pero ahora el editor de Voz Pópuli se echa las manos a la cabeza, la edad, y dice que "lo que menos necesita ahora Felipe VI es que le embadurnen Zarzuela con el estiércol de su padre, sobre todo en un momento en que la Monarquía ha sido colocada en el centro de la diana por quienes aspiran a acabar con la unidad y la libertad de los españoles".

Y añade: "En momentos de vacío de poder, con Gobiernos débiles y dispuestos a todo, incluso a mirar para otro lado cuando su invitado insulta al jefe del Estado en Moncloa, la figura del Rey es la piedra angular que sostiene el arco de la España constitucional. Acabar con esa clave del arco significa apostar por que el edificio de nuestras libertades se venga abajo. A eso parecen jugar algunos desalmados de la pistola y de la pluma".

Es decir, Cacho sufre el Síndrome de Estocolmo y pide que "por España" no se publique la verdad. La utilización de la nación para tapar toda suerte de fechorías del poder es una enfermedad crónica que, como vemos, afecta incluso a las mentes más lúcidas y a las plumas más independientes.






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