Barrio Sésamo made in Chicote en El Rosal de Córdoba










Alberto Chicote visitó esta semana el restaurante cordobés El Rosal, donde el matrimonio conformado por María Rosa y Pedro sobrevivía al borde del divorcio por una convivencia repleta de insultos y gritos. Este hecho motivó el viaje de Chicote, que vio con simpatía tanto la decoración del local como la comida, a excepción de que el rabo estaba duro (nos abstendremos en este caso de hacer chistes fáciles) y de ver como la crema catalana era "una mierda". "No sabe hacerlo y se pone a hacerlo de postre", refunfuñaba Pedro.

La comida era aceptable, pero llegaba tarde. Lo sufrieron los comensales del primer servicio, protestones porque en una hora solo se había degustado una tapa de aceitunas en una mesa para cuatro. Tampoco eran agradables los gritos que procedían de la cocina, "chillidos" de una "vaca" que no acababan de degustar. La matriarca del clan se lamentaba a Chicote porque no tenía libertad: "Me gustaría salir un poco, ver cosas". El discurso rajoyano era acompañado por algunos dardos: "Le culpo a mi marido de habernos metido aquí". Chicote la interrumpió y comenzó una arenga a los "pollos sin cabeza", a los que iluminó con clases propias de Barrio Sésamo: así se numeran las mesas y así se elaboran las comandas.

Lo triste es que el segundo servicio fue incluso peor, tal y como comentó María Rosa: "Si está frío lo calentáis ustedes con los cojones". Esta mezcla de respeto y chabacanería fue almíbar para nuestros oídos. Chicote le preguntaba a la matriarca por su enfado: "Mi hija no me mira hace nos meses, tan solo para llamarme 'zorra' e 'hija de puta'". Pero Chicote atajó los reproches y afirmó que no se creía a nadie: "Sois más falsos que un duro de madera". Solo faltaba el polígrafo de Conchita. Y Chicote articulaba su teoría, también nivel Barrio Sésamo: "Queréis ser más guay que el otro".

No parecía que este matrimonio buscase "molar" con mucho "flow". En realidad uno de los problemas era que su hija cobraba menos de 100 euros semanales. Y también que todos trabajan sin oírse: "Es-cu-char", aullaba Chicote, feliz tras reformar el restaurante con la estética propia de un restaurante chino de Polígono industrial. Pedro fue forzado a quedarse en la cocina, y pese a que el round final arrancó mal, con el presentador de 'Pesadilla en la cocina' echándose las manos a la cabeza, el final acabó en alto tras menguar el griterío. 






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