Moncho Alpuente; el hombre que no pudo ser el Orson Welles español







Ayer se cumplió un año de la muerte de Moncho Alpuente, declioso juglar renacentista y ácrata. Recién fallecido el gran Gregorio Morán, que ha escupido sobre la Transición con su bísturi alquilado a Godó, recordó su irregular carrera y puso el foco sobre la razón por la cual el artista no pudo ser el Orson Welles español; porque no era un hijo de puta:
Si yo tuviera una pizca del ingenio satírico que él derrochó, hubiera titulado este artículo: “Ha muerto Moncho Alpuente. Lo mató Esperanza Aguirre de un infarto inducido al imaginarla alcaldesa de Madrid”. Para una inmensa minoría del Madrid rebelde, la señora Aguirre, noble y patricia y arrogante, representa todo lo que esa plaza dura tiene de soberbia, incultura y frivolidad castiza: “¿Quién es Sara Mago?”, aseguraban que preguntó. Sólo Moncho era capaz de tal homenaje a don José Saramago.
La verdad es que Ramón Mas Alpuente falleció el sábado de un infarto en una cama de Las Palmas, de buena mañana, en la entrevela del sueño el mismo día que su incansable mujer, Chari Vallejo, canaria, cumplía su 60.º aniversario. Con Moncho Alpuente se va una parte muy importante de lo que fue nuestra historia, la de verdad, la que no aparece en los manuales.
¿Dedicarle una pavana? Es danza de quietud y evocación tranquila. Lo tradujo Ravel en esa pieza hermosa hasta la emoción de la Pavana para una infanta difunta. La enteca figura del músico no tenía nada que ver con la personalidad exultante y divertida de Moncho Alpuente, uno de esos hombres capaces de convertir un funeral en una fiesta de Fin de Año, sin necesidad de cambiar las flores y utilizando vajilla de plástico.
Era un mago. De los amigos antiguos quizá fuera el que más he admirado y se lo dije: “Siempre creí que serías nuestro Orson Welles”. Y se reía con una sonrisa sardónica, que es la que tienen los magos pobres, que sobreviven de actuaciones donde apenas te pagan los gastos. Fue necesario que me hiciera mayor para descubrir que para ser Orson Welles no sólo se necesita talento sino también ejercer de hijo de la gran puta; genial, eso sí. Moncho Alpuente tenía un punto débil para devenir gran figura y vivir de ello: era una buena persona. Y la reputación de las buenas personas sólo se aprecia cuando esparcen sus cenizas.
Tenía que ser una gallarda. De las danzas renacentistas es tan audaz, tan audaz, que hasta en el lenguaje golfo de los cultos de hoy se utiliza como sinónimo del placer sexual solitario. Según los eruditos la audacia de los movimientos convertían la gallarda en un baile atrevido, porque el varón agarraba a la mujer, pegada a él, y le hacía dar casi un círculo en el aire, y eso exigía, además de fuerza y audacia, un notable desdén a los convencionalismos para una dama en tiempo de penumbra. ¡Una gallarda!
Traté poco a Moncho Alpuente y a sus Madres del Cordero allá por el 68 del pasado siglo. Eran la hostia y querían alcanzar la rehostia, o lo que es lo mismo, representar sus obras, sus canciones, sus escenas brechtianas sobre la miseria de aquellos años sórdidos. Formaban parte de la tribu que lo sabía todo de lo que nacía en la música popular y radical, la generación post-Chicho (Sánchez Ferlosio). Allí estaban Antonio Gómez, objetor, prisión militar, periodista; García Pelayo, gran comunicador que descubrió tarde su mano para el póquer internacional; Hilario Camacho, profesor de instituto y suicida en depresión de largo ciclo. Y otros personajes, fascinantes y olvidados, que si me pusiera a retratar ahora afectaría a mi cada vez más deteriorado disco duro de la memoria, y descojonaría el marco de este artículo.
La ambición de un músico decente entonces se llamaba ¡Tábano! Había que ser consciente de nuestra condición de mosquitos frente a aquel Elefante que ni se moría ni dejaba vivir. Podría reconstruir lo que significó Castañuela 70, la gracia de sal gruesa junto a la audacia de unos tipos que hacían algo que tenía el mismo valor que el teatro de cabaret bajo la Alemania nazificada. No recuerdo si fue en el teatro de la Comedia madrileño, aquel lugar señero donde tantos acontecimientos históricos vieron la luz, grandes mítines fundacionales radicales y falangistas, que también jugaban a serlo. No me acuerdo del sitio, lo que sí tengo fijo en mi memoria es la satisfacción de un momento de libertad, de ironía, de gracia. Moncho Alpuente y los “Tábanos”, radicalísimos en la protesta y sin apenas relación con los comunistas de entonces; nosotros éramos “revisionistas social traidores”. Estaban más cercanos al FRAP (maoíssta, corriente albanesa). Hoy hablar del FRAP es más exótico que referirse a la masonería.
Moncho Alpuente estaba allí. Recuerdo a su mujer de entonces, Carmina Fort, un discreto amasijo de huesos entusiastas, y tengo vívida en mi memoria una cena en su buhardilla de la calle del Pez, donde asistí a uno de los espectáculos culturales más surrealistas de mi vida. La entrevista en Televisión Española de Joaquín Soler Serrano, un periodista tan poco empático que parecía tartamudo, y que le hacía preguntas bobas al novelista Julio Cortázar. La aplicación del método Ollendorf a la televisión; entre las preguntas y las respuestas no había ninguna relación y nos desternillábamos de risa porque tanto el entrevistador, siguiendo el papel pautado sin el cual era hombre al agua, y el entrevistado, que expresaba lo que se le iba ocurriendo, conformaban un espectáculo magistral, de gran teatro, del mejor Beckett.
Nos echaron juntos de la revista Opinión, un engendro que había inventado el viejo editor Lara para promocionar la figura de Pío Cabanillas y que empezó contratando a un fabuloso barbián de Mallorca, ahora condenado por chorizo junto al ex presidente balear Matas, del que lo único que recuerdo era que fumaba en pipa y consideraba que una revista no podía publicar un texto donde figuraran las palabras orgasmo y clítoris (se trataba del famoso Informe Hite sobre la sexualidad femenina). “¡Qué diría mamá!”, exclamó, lectora atenta de la revista de su hijo. Nos echaron a comienzos de 1977, en la llamada belle époque de la Transición.
Entonces Alpuente era un valor seguro, un tipo con garra y contactos, y yo un pringao que salía de unos años de clandestinidad a los que cubría con los recursos más alucinantes. El pasado se había convertido en un ejercicio de marquetería, como si tratáramos entre profesionales del afeite y las antigüedades. Sin Moncho Alpuente no hubiera logrado penetrar en el mundo del periodismo oficial. El me llevó a El País, donde ejercía de virrey Martín Prieto, gorra guevarista y tono de Sierra Maestra, y un director -entonces había dos-, Darío Valcárcel, quería los trabajos que yo le ofrecí, pero no para ser publicados, aunque garantizaba un buen pago. Acabé enDiario 16, que publicaban y pagaban, hasta que dejaron de hacerlo sin humillar a los autores.
Pero él siguió. El que estaba llamado a ser nuestro Orson Welles se fue deteriorando conforme pasaba el tiempo, y las empresas, liberales ellas y demócratas por encima de cualquier otra consideración, se lo fueron poniendo difícil. Unas porque quebraban y otras porque le quebraban. Los años ochenta avanzados de la llamada movida le pillaron de lleno y ejerció de veterano entre unos pijos y pijas que estaban por otra cosa. ¡La fama! Qué tenía él que ver con Alaska, Los Pegamoides y la familia Almodóvar. Nada, salvo que había nacido en Malasaña, un barrio castizo del Madrid derrotado que se convirtió en capital de una época estúpida que se benefició de la impostura institucional. El PSOE era el rey de la cultura ilustrada y de los modelnos que se habían depilado hasta el sobaco para huir del sudor que regala el polvo de la dehesa.
Malos años, los últimos de Moncho Alpuente. Los cofrades se instalaron y él seguía trabajando a destajo en la ironía. Sobrevivir en el mundo de la fauna mediática exige un gran culo. Nada que ver con imágenes eróticas y violaciones gananciosas; aparquen aviesos pensamientos. Un gran culo significa saber sentarse junto al sillón de los que ganan. Un gran culo para depositarlo vecino al poder. Moncho Alpuente no lo tenía, ni lo quería. Sólo talento. Murió de un infarto a los 65 años. Orson Welles lo hizo a los 70. No es una diferencia de grado, sino de país. Países pequeños, culos grandes.

La hija de Moncho, la guionista Bárbara Alpuente, le dedicó desde Público una conmovedora carta en la que recuerda cálido y frágil, situaciones que solo se ven cuando alguien mira a una foto del pasado:

Si tuviera el conocimiento poético que tenía mi padre, escribiría unas coplas a su muerte, como hizo Jorge Manrique, pero vais a tener que conformaros con esto.
Escribo envuelta en la perplejidad absoluta, invadida por una inquietud crepuscular, desde un infierno intermitente del que ahora salgo a coger aire para despedirme de mi padre.
Moncho, mi padre, se fue en la madrugada del 21 de marzo, y os confieso que todavía estoy esperando a que vuelva. Siento como si hubiera salido a pasear por Malasaña a saludar a los camareros y vecinos, a tomarse un chupito (o alguno más), a charlar con quien encontrara en su camino, a sonreír a los que se le acercaran, a contarle los secretos de Madrid a los parroquianos del Palentino, a jugar al ajedrez en el Estar, a celebrar la vida con su pandilla de la calle del Pez, a contarme qué estaba escribiendo, a recitarme versos de Góngora, Cervantes o Boris Vian, a comerse unos callos en el Bocho y charlar con Luisi, María y Loli, a sentarse en la terraza de Lamucca e ir recibiendo amigos durante horas hasta que oscurecía. Siento que ha salido del tiempo, pero solo un ratito, y que volverá a darme un abrazo y a contarme qué pasa al otro lado, por muy ateo que fuera, y a sentarnos en el jardín de su casa, ahora que empieza la primavera; a leer juntos, a escribir nuestras cosas y enseñarnos el trabajo según vamos avanzando, a verle pelear con Internet, porque mi padre era de esos que cuando salía una publicidad de “Introduzca aquí su móvil”, él iba y lo introducía. Siento que está aquí conmigo, sentado en el sofá, bajo su manta de cuadros, siempre con un libro entre las manos, y me parece oír su tos de fumador; esa que me tuvo en vilo media vida y que ahora incluso echo de menos.
Me pasé la infancia escuchando eso de “ayer vi a tu padre en la tele”, que me decían casi a diario en el colegio. Y a menudo lloraba al verlo en la pantalla, porque por mucho que extendiera los brazos, no podía traspasarla para abrazarlo. Y así estoy ahora, llorando desconsolada porque por mucho que extienda los brazos, no consigo llegar hasta él.
La primera vez que me llevó a Radio El País a presenciar su programa, entré en directo sin ser muy consciente de lo que hacía y le pregunté sorprendida: “Pero papá, ¿a ti te pagan por hacer esto?” Y sí, le pagaban, cada vez menos, por hacer lo que más le gustaba en el mundo: hablar, escribir y provocar carcajadas.
Supe que mi padre no era un súper héroe el día que pretendió coger un atajo para volver al faro de Ons, donde nos alojaba el farero Fernando Liste cada verano, y descubrí que nos habíamos perdido. Estábamos en mitad de un cementerio completamente desorientados, por mucho que él se resistiera a reconocerlo. O cuando tras animarme a que subiera a la montaña rusa del parque de atracciones para perderle el miedo, le vi vomitando tras un árbol porque el que se había mareado era él. Conocía sus fragilidades y aprendí a protegerlo, así como hicimos todos, porque mi padre, más allá de la figura mediática, también era un hombre frágil, y con un una enternecedora sensibilidad. Por eso era capaz de destrozar a Esperanza Aguirre en un soneto y luego tratarla con respeto cuando coincidían en alguna tertulia de radio.
Pasó sus últimos días mirando el mar, tomando notas, siempre pensando en un siguiente proyecto… Y me pregunto, papá, en qué proyecto andas ahora. Nosotros lo tenemos claro; nuestro proyecto es aprender a vivir sin ti, porque se puede, ya lo sé, pero no va a ser tan divertido.
Mi padre se fue de madrugada a tomarse la última al otro lado, junto a su amigo Almazán, Barquín, Camacho, Aparicio, y tantos otros que, como dicen, también se fueron demasiado pronto.
Y aunque él no creía en el cielo, me gusta imaginármelo allí; preguntando en la barra qué clases de whisky tienen (si en el cielo no hay un bar, la resurrección de mi padre será inminente), sentado tras un ventanal para observar a la humanidad, y comprobando que aquí abajo nos hemos quedado en blanco y negro.
Lo recuerdo levantando la mirada del libro para vigilar a los pájaros, a los que sabía distinguir por su canto y plumaje, y gritándome desde el jardín: “Bárbara, ven, mira qué color tienen las nubes…” Y yo acudía corriendo, me abrazaba a él y permanecíamos en silencio, sin imaginar que aquel sería nuestro último atardecer juntos… Al menos en vida.
Dicen todos que se ha ido demasiado joven. No sé muy bien quién decide a qué edad hay que morirse, aunque seguro que pronto existirá una ley para legislarlo. (que, como buen ácrata, se habría saltado con alevosía) Pero si os digo la verdad, intuyo que mi padre se ha largado cuando le ha dado la gana.
Moncho Alpuente deja a medias un musical sobre Franco, varias obras de teatro, proyectos de libros, uno de ellos en común, varios sonetos y, lo más importante, nos deja a medias a todos.
Quiero dedicar estas líneas a Chari; la mujer de su vida, a su familia, a su pandilla de los martes, a los amigos del Estar, a los compañeros de profesión, a los lectores a los que tanto afecto tenía, a los espontáneos que se acercaban a él en Las Canteras, a sus magníficos músicos, a mi madre, por haberle elegido para ser mi padre, a mis amigos, que me acompañáis en cada latido, a todos los segovianos, malasañeros y gallegos (Menos a Rajoy), a sus chicas, y a tantos que sois y que sabéis que hablo de vosotros. Gracias por tanto cariño, por tanto respeto, porque dentro del abismo anímico hacia el que me precipito irremediablemente, sé que esto sería mucho más difícil sin vosotros.
Adelante, papá, la carretera nacional es tuya. Y la eternidad.


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