Federico, el último antifranquista vivo










La decisión gubernamental de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos es parte de la estrategia socialista para ocultar su participación en el bloque monárquico (no se atreven a pronunciarse sobre los escándalos de Zarzuela) y sus vinculaciones con el establishment (siguen sin atreverse a señalar a los beneficiados por la amnistía fiscal). Pero, pese al inteligente oportunismo de Iván Redondo, esta eternizada medida está llena de dignidad. Y es que en una democracia que se precie, el tirano no puede seguir siendo la pieza de VIP del megalómano museo que buscaba humillar a los derrotados en la Guerra Civil y eternizar su victoria. 


La derecha celtibérica actual tenía la oportunidad de disfrazarse de demócrata y ponerse de perfil ante un debate en el que nada tienen que ganar. Pero se acabaron los travestismos: Pablo Casado es deudor del viraje popular hacia el extremismo xenófobo y centralista y Albert Rivera se ha quitado la careta de moderno liberal europeísta para colocarse la del oportunista con boina rojigualda que quiere pescar en la España profunda. Ambos trepas comparten aliados mediáticos y en ese gazpacho siempre sobresale la voz chirriante de Jiménez Losantos, que ayer gritaba desde Libertad Digital contra la medida.

Lo hacía con el discurso rancio que parió el aznarismo para hacer olvidar su pecado capital. El argumentario lo confeccionaron algunos patrocinados pseudohistoriadores como Pío Moa y César Vidal, hoy ampliamente desacreditados. Y esta colección de mentiras y omisiones la asume el último antifranquista vivo, Losantos, doliente porque no tiene cárcel o sanción que exhibir antes de la caída del Régimen fascista. El turolense repite la porquería con la que la derecha quiere justificar el más de medio millón de muertos de la Guerra Civil, el medio millón de exiliados y los cuarenta años de dictadura de propina.

Tapan Losantos y sus compinches la cacería en la retaguardia nacional. Omiten los muertos tras el cese del conflicto. Silencian el eterno siglo XIX español, que va desde la involución hoy glorificada del 2 de mayo hasta tres guerras entre conservadores madrileños y carlistas periféricos, aliñada por más de cuatro décadas de secuestro de la democracia por el turnismo y los ocho años de dictadura anticomunista gracias al golpe de Primo de Rivera tutelado por Alfonso XIII.

También justifican el golpe de Franco por las supuestas acciones progresistas durante los tres años del poder durante la República, gobierno reformista y no revolucionario compuesto por varios elementos conservadores y burgueses. La izquierda, aunque los duela, ganó dos elecciones, pero las de 1931 se la niegan porque añaden los votos en las zonas controladas por la red caciquil y en las de febrero de 1936 afirman que hubo pucherazo pese a que la propia derecha admitió su derrota. Relacionan el golpe de Franco por el asesinato de Calvo Sotelo, cuando es público y notorio que el general maniobró en favor del estado de guerra desde el triunfo del Frente Popular, casi medio año antes del crimen. Equiparan la incapacidad de un estado democrático para frenar a los elementos revolucionarios (quema de conventos e iglesias), con el holocausto franquista. Quitan hierro a la planificada sangría del Bando Nacional recordando Paracuellos, eso sí, sin explicar el caos que se sufría en el Madrid del "No pasarán" (léase a Chaves Nogales).

Alaban la política económica de Franco, veinte años de hambrienta y fallida autarquía y tres lustros de capitalismo yankee. Resaltan pantanos y seguridad social para hacer olvidar totalitarismo, persecución, censura y pensamiento único. Descontextualizan la historia para borrar los antecedentes a la instauración de la República, y evitar que se diga que la derecha católica e inquisidora es la culpable un atraso decimonónico español que en algunas zonas llega hasta nuestros días. Borran a Hitler como socio privilegiado del Caudillo, que posteriormente cedió la soberanía a cambio de envenenado pan marsallhiano. En definitiva: justifican un Golpe de estado calentado y ejecutado por la derecha, irritada por su incapacidad de no mandar un estado que creen que les pertenece, y callan sobre los crímenes de Franco con la monserga del olvido. Ese olvido que ellos no tienen con los criminales de la ETA, que no debieran disfrutar de calles y homenajes por mucho que sean, al igual que Franco, parte de la historia de España.

Comentarios