Amarillofobia y Naranjafobia










España va camino de salir de su crisis institucional de la última década teniendo que ir a votar como en los Estados Unidos. Es decir, eligiendo entre la derecha y la extrema derecha. Mientras, los socialistas siguen traicionando, el nacionalismo periférico sigue entre el trinque vasco y el disparate catalán, y en Podemos no se recuperan del procés y se han dedicado a parodiar 'Juego de tronos'. Por lo cual existen dos alternativas: o lo malo conocido, la cleptocracia popular del marianismo, sustentanda por una aplastante mayoría mediática, o lo peor, que son los aires naranjas de Albert Rivera, "el cuponazo soy yo" según reza el último hit de 'El Intermedio'.

¿Y quién es Albert Rivera? Un señor que nunca pierde, tal y como vemos en su currículum: exhibió en Catalunya nacionalismo español antes de convertirse en antinacionalista catalán para acabar siendo patriotero antieuropeísta con Libertas. Todo ello antes de aparecer a nivel estatal como neoliberal europeo moderno, acabar vendiéndonos regeneración y entregarnos degeneración como puntales del PP mesetario y del PSOE del sur. Y por último, tras enésima pirueta, acabar a lomos de las encuestas de Metroscopia para El País como falangitos del "yo soy español" que rugió ante los excesos del independentismo catalán y mirar cómplice a Cifuentes, atrincherada en la Puerta del Sol frente a la mofa y gracias a unos funcionarios públicos convertidos en guarda pretoriana al grito de "hay que parar a La Sexta", que no la corrupción.

Nueva polarización

Al Sistema le va genial: se acabó el debate entre derecha e izquierda y comienza el visceral combate entre nacionalismo y antinacionalismo, segunda opción que al escasearle bandera, nuevo opio sustitutivo de la religión, convierte a sus miembros en parias sin enseña que deben ser despreciados por no tener amor por su entorno (cuando en realidad la bandera es un placebo concebido para que los esclavos sin derechos se maten por las tierras del amo sin principios).

Esta egañifa está sustentada en el estado español a base de contar con una prensa bananera y con una justicia reaccionaria que dice defenderse del terrorismo yihadista tras negarse a condenar los crímenes de Franco. Lo hacen calificando como terrorismo a pitadas y colores de camisetas, que no a las corbatas horteras de ese señor al que nadie votó ni a su hermana Marnie. Esta estafa colectiva ha sacado al rancio que algunos llevan dentro a base de banderazos, Madrid versus Barcelona, y los partidos que pretendían primar las políticas sociales en el inicio de desmantelamiento del Estado del bienestar se han encontrado con muy pocos aliados y sin flash que les ilumine para alegría de la burguesía madrileña, bilbaína y catalana, lideradas por Rajoy, Urkullu y Puigdemont.

La crisis ha dejado sin careta a los poderosos. Éstos se han defendido de sus acusados sin rebatir el delito cometido, sino extendiendo la porquería con golpes bajos. Y en este particular baile de disfraces el más listo hace relojes, ficha a Manuel Valls tras incorporar a El Yoyas y a Felisuco, y cuenta con una simpatía generalizada no por su ética, sino por una rojigualda que nunca ha sido la bandera de los demócratas y que acabará con con lamparones tras colección que privatizaciones y recortes en lo social que quizás hagan despertar de la siesta a la izquierda española, silente ante un Felipe VI que ha fiado su futuro laboral, en involuntaria parodia de su bisabuelo, a la derecha más rancia de Europa.







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