Historia del papel: así aniquiló el poder al periodismo libre










En la joya decimonónica costumbrista 'Los españoles pintados por sí mismos' (1844) se advierte en uno de sus retratos el creciente poder del papel en la vida pública española: "Aparece en cualquiera de nuestras provincias un muchacho despierto y lenguaraz, que disputa con sus camaradas por cualquier motivo; que habla con desenfado de cualquier asunto; que emprende todas las carreras y ninguna concluye; que critica todos los libros, sin abrir uno jamás. -Este muchacho, por supuesto, es un grande hombre, un genio no comprendido, colosal, piramidal, hiperbólico. -Su padre, que no sabe a qué dedicarle, le dice que trata de ponerle a ministro, y que luego parta a la corte, donde no podrá menos de hacer fortuna con su desenfado y su carácter marcial. -El muchacho, que así lo comprende, monta en la diligencia peninsular; arriba felizmente orillas del Manzanares; se hace presentar en los cafés de la calle del Príncipe y en las tiendas de la Montera, en el Ateneo, y en el Casino; lee cuatro coplas sombrías en el Liceo; comunica sus planes a los camaradas, y logra entrar de redactor supernumerario de un periódico. A los pocos días tiende el paño y explica allá a su modo la teología política: trata y decide las cuestiones palpitantes; anatomiza a los hombres del poder; conmueve las masas; forma la opinión; es representante del pueblo, hace su profesión de fe, y profesa al fin en una intendencia o una embajada, en un gobierno político o un sillón ministerial. -Llegado a este último término, hace lo que todos: recibe la autorización de la media firma; cobra su sueldo; presenta nueva planta de la secretaría; coloca en ella a sus parientes y paniaguados; expide circulares; firma destituciones; da audiencias; asiste a la ópera con aire preocupado; toma posiciones académicas; se hace retratar de grande uniforme por López o Madrazo; y se coloca naturalmente en la galería pintoresca de los personajes célebres del Siglo. -A los seis meses o menos de representación, cae entre los silbidos del patio, y queda reducido a su antigua luneta. -Vuelve a enristrar la pluma; vuelve oponerse al poder; vuelve a hablar de la "atmósfera mefítica de los palacios, de la filantropía de sus sentimientos, de sus ideas humanitarias y seráficas"; hasta que otra oleada de la tempestad política, torna a colocarle en las nubes. Truena de nuevo allí; vuelven a silbarle, y tórnase a escribir... ¡Oh almas grandes para quienes los silbidos son conciertos y las maldiciones cánticos de gloria!".

La prehistoria

A mediados del XIX ya se advertía con clarividencia que la prensa había logrado llevar lo privado, las Cortes, al mundo público, por lo cual los diputados comenzaron a sentir la presión social en la antesala de la simple elaboración de las leyes. El pueblo comenzaba a cobrar valor y dejaba de ser un mero espectador de la vida política para sentirse co-partícipe, pese a la ausencia de una democracia plena y consolidada. Los rotativos comenzaron a ser el trampolín de la clase política, que utilizaba de forma incestuosa al poder económico para controlar al periodismo libre, una y otra vez tumbado en la lona por las leyes represivas de la época.

El crecimiento 

Pese a las eternas hipotecas políticas que ha arrastrado el papel, el mercadeo de noticias se consolidó a partir del siglo XVIII gracias a la lenta pero constante alfabetización de la ciudadanía, a la "lectura barata" que constituyen los periódicos en relación con los libros, y a la creciente politización gracias a las lecturas colectivas en ateneos, casinos e industrias, situación alarmante para las élites no solo por la conflictividad que se generaban en cafés o por la posible ineficiencia laboral, sino porque el colectivo cobraba fuerza, hecho advertido por Carlos IV cuando los partidarios de Jovellanos repartieron de forma clandestina su relación epistolar a inicios del XIX y colocaron al monarca en una situación insólitamente débil de cara al pueblo.

Del desprecio al aprecio

Tal y como leemos en 'Historia del periodismo español', de Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián, el periodista Cándido Nocedal, autor de una de las leyes más represivas contra la prensa, escribió en el número uno del periódico La Constancia: "Bajemos con pesar a este charco de inmundicia llamada prensa". Por desgracia no se equivocaba con el terreno que comenzaba a pisar con la palabra escrita tras intentar pisar a ésta por la fuerza. Esta frase despectiva evidencia que desde el poder se ninguneó el peso de los papeles, pese a que la influyente Gaceta de Madrid se fundó a finales del XVII. Décadas después el periodismo se popularizaría a base de noticias escabrosas y trincheras políticas, situación que derivó en la politicomanía del XVIII gracias a la mejora de los medios de transporte y de la invención del telégrafo o la fotografía, amén del desarrollo de la industria de la imprenta y del nacimiento de la sociedad moderna.

El triunfo del poder

En pleno siglo XXI nos encontramos una situación dictatorial en el campo empresarial que no parecía advertirse hace una década por dos motivos: internet se suponía que iba a imposibilitar el poder político y empresarial en los digitales, situación que sin embargo se ha mantenido por las dificultades para alcanzar la viabilidad por parte de los editores, frustrados porque la publicidad digital no crece como debiera y porque las suscripciones siguen siendo muy minoritarias. Pero el IBEX 35 ha domado con facilidad a "la bestia", al igual que la clase política, que controla la industria periodística con seis mecanismos: otorgamiento de licencias, retirada de licencias, multas arbitrarias de Competencia, hipotética vuelta de la publicidad a RTVE, promoción de boicots publicitarios gracias a la presión a grandes compañías de sectores regulados, y el tradicional e incesante grifo de la publicidad institucional.

Asfixia 

Estas medidas nos hacen retrotraernos a los Reyes Católicos, que otorgaron hace más de 500 años las licencias de impresión. El periodismo se ha convertido en una herramienta inservible porque ha perdido su mirada crítica, por lo cual la prensa aporta en su mayoría una información inservible para la sociedad, entre tanta corrupción encubierta, tanto acuerdo con cláusulas de confidencialidad y tanta guerra febril por el click. Estamos en la época de una mirada uniforme hacia todo y la información mediática por desgracia es un ejemplo: ya casi nadie vigila al que se suponía que debiera vigilar como cuarto poder. Pero nos encontramos por desgracia en una época involutiva o medieval motivada por  la debilidad económica de los grandes transatlánticos, convertidos en insportablemente débiles, y por lo tanto ineficaces para el descubrimiento de la verdad, que en todas las épocas ha sido la misma: todo es mentira.




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