El día que El Jueves metió "en el manicomio" a Ángel Garó










Mucho se habla de la salud mental de Ángel Garó, pero El Jueves en 2009 ya apuntaba dardos hacia la dirección que ustedes imaginan:



Enfermera: Sólo podrán hablar con él cinco minutos.

El Jueves: Más que suficiente, tranquila.

Enfermera: Eso es lo que ustedes creen. En realidad, nadie ha conseguido hablar con Ángel Garó en los últimos cinco años. Sufre esquizofrenia múltiple acumulativa. Su verdadera personalidad yace sepultada bajo las de sus personajes. Por cierto, ¿eso que lleva ahí es un portaminas?

El Jueves: Para tomar notas.

Enfermera: Que él no lo vea. Puede utilizar cualquier objeto como arma.

La enfermera nos hace pasar a la sala de entrevistas: cuatro paredes manchadas de salpetre alrededor de una mesa sin aristas y dos sillas. El fluorescente titubea. Sentimos pena. ¿Qué ha hecho Ángel Garó para acabar en esta institución mental del estado? Él, que debutó y triunfó en el Un, dos, tres de Jordi Estadella, en un número que sólo requería de un biombo, ropa negra y un amplio registro de personajes.

Ángel es introducido en la habitación minutos después, por una puerta opuesta a la nuestra. Ya no viste de negro: no se fabrican camisas de fuerza de ese color. Le sientan en una de las sillas y le quitan las correas. Lleva el pelo aún más corto de lo que recordamos. No ha engordado. Uno de los mocetones con los que ha entrado permanece en una esquina, vigilante.

El Jueves: Ángel...

Ángel Garó: ¡EEEK! Error.

EJ: ¿Quién eres pues?

AG: ¡Adivina adivinanza!

EJ: ¿Juan de la Cosa?

AG: ¡Muy bien! A ver si aciertas esta: una habitación blanca, de paredes blanditas, te dan pastillitas y allí te apalancas. ¿Qué es?

EJ: ¿Tu celda?


AG: ¡Sí! ¡Qué listo eres!

EJ: ¿Podemos hablar con Ángel?

AG: (Niega con la cabeza.)

EJ: ¿Por qué no?

AG: Mamá le ha castigado.

EJ: ¿Quieres decir tu madre? Era otro de los personajes de Ángel. ¿Está ahí dentro contigo?

AG: (Cambia de voz súbitamente.) ¡Juan! ¡Juan! ¡Pasa para dentro inmediatamente! ¡Quédate en un rincón del hipotálamo y no molestes! Ustedes perdónenle, las píldoras amarillas le ponen muy nervioso. Pero las necesita para ir de vientre, ¿saben?

EJ: Doña Maruja... ¿Podríamos hablar con Ángel?

AG: ¿Ángel? Huy, no. No, no, no, no, no. Noooooo. No no no no no no no. No, no. Nyet.

EJ: ¿Nyet?

AG: Es ‘no’ en ruso. Nyet. Ángel está castigado. (Baja la voz.) No lo digan por ahí, pero me ha decepcionado mucho. Mucho. Imagínense: he oído que quieren encerrarle en una institución mental.

EJ: Pero, ¿por qué? ¿Qué hizo?

AG: Verán: ¿saben cuando Televisión Española se iba a pique y un comité de sabios intentó sacarla a flote? Recomendaron acabar con unos cuantos formatos que consideraron ca-du-cos. Entre ellos, el programa de variedades donde actuábamos Ángel y toda la familia. Junto con unas bailarinas que enseñaban las chirimoyas y un humorista graciosísimo que se vestía de niño. ¡Tronchante!

EJ: Muy propio de TVE, sí.

AG: Pues cuando se lo comunicaron a Ángel, se lo tomó muy mal. Se volvió todo loco. Acudió a Torrespaña y atacó a uno de los sabios.

EJ: ¿A cuál?

AG: No sé, uno con barba blanca que llevaba traje negro con zapatillas de felpa y hablaba a las plantas. Lo que todos los sabios, vaya. Y Ángel lo agarró por la cintura y le amenazó con un bolígrafo a la yugular.

EJ: Pues ya es lástima. Si lo hubiera hecho con un cuchillo, un mesecito en la cárcel y ya habría cumplido. Pero con un boli, claro, te declaran demente y te encierran de por vida.

AG: Cierto. A mí me pilló de sorpresa, con lo tranquilo que era el chico. Un muchacho normal, que lo conocías de, bueno, de compartir cuerpo con él y eso, y te lo cruzabas por el córtex y te saludaba y... en fin, normal. Quién iba a pensar que era un esquizoide psicótico.

Ciertamente, nadie lo habría esperado: que un joven gaditano viera su carrera truncada de un modo tan absurdo, por un comité de sabios que no tenían tele y una condena de por vida en un frenopático. Pero —pensamos cuando se agota nuestro tiempo y nos hacen salir de la sala—, ¿fue Ángel realmente el que sucumbió a ese ataque de ira? ¿No sería otra de sus personalidades? Un esquizoide, legalmente, debería ser considerado un casero: ¿tiene él la culpa de lo que hagan los inquilinos?

Tenemos que esperar casi una hora en el vestíbulo del manicomio. La enfermera regresa al fin, con un portaminas en la mano: parece que nos lo dejamos sobre la mesa. Qué curioso: no recuerdo que tuviera estas manchas de sangre antes. De hecho, tampoco recordábamos a la enfermera tan delgada y con el pelo tan corto.

Enfermera: Gracias por la visita. ¿Les acompaño a la salida, caballeros?

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