De cómo la medición de audiencia pervierte al periodismo










Los informadores convertidos en ocultadores con la intención de deformar la realidad mientras los sillones de los consejos de administración se plagan de miembros elegidos por la banca porque el sector bancario canjeó deudas por acciones por intereses políticos y económicos. A esta película de terror se le ha aliñado unas gotas de transformación tecnológica para un sector cuyo modelo se diseñó hace dos siglos. Este es uno de los malos endémicos del periodismo del siglo XXI, pero esta crisis se agrava porque la guerra del click de los digitales, batalla científica en un mundo de letras, ha sustituido al criterio que regía hasta ahora: una mezcla de línea editorial inspirada por los intereses económicos y políticos del editor filtrados por el criterio de la dirección. Ahora casi todo es sensacionalismo, pervertido y aumentado por unas mediciones de audiencia que lo embadurnan todo.

Cada mañana, centenares de productores, directores de programas y presentadores se levantan estresados por la cifra de share que sirve a las ocho de la mañana Kantar Media, empresa encargada de medir las audiencias televisivas en nuestro país. "Un presentador vale la cifra de su último programa", decía con cinismo y sin falta de razón Jorge Javier Vázquez. Y esas cifras las leen, con el ansia de una echadora de cartas cuando te lee la mano, los encargados de los programas, que utilizan las curvas que les proporciona el informe matinal como un mapa o guía para diseñar los contenidos futuros. Es cierto que la presión de audiencias llegó a vivir momentos impracticables para la profesión hace quince años, cuando el espacio de Telecinco, Antena 3 o La 1 era guillotinado si no era capaz de alcanzar el 20% de share, barrera psicológica de supervivencia. Es por ello que el baile de programas era constante y había espacios que no superaban siquiera el día de su estreno.

Eso en parte ha cambiado porque la llegada de una veintena de canales de TDT ha difuminado la presión, ya que los programadores suman las cifras de sus canales secundarios para congraciarse o disgustarse. Pese a lo cual sigue existiendo una gran presión por las audiencias que se palpa entre, por ejemplo, los aficionados al deporte. Y es que los amantes del espectáculo asisten con asombro al ver como los Lama, Carreño, Juanma Castaño y compañía elaboran unos espacios radiofónicos de altura, con entrevistas pausadas, bloques polideportivos y atención a los equipos pequeños de primera división. Pero a su vez, cuando llegan a televisión ponen cara a informativos polarizados por el Real Madrid y el Barcelona llenos de contenidos virales y anécdotas. ¿Qué es lo cambia para que los mismos profesionales hagan unos programas radiofónicos al menos dignos y unos informativos televisivos aptos para hooligans? Simplemente la medición de audiencias. Porque en la radio Carlos Herrera, José Ramón de la Morena o Carles Francino no hacen sus programas en función de un criterio comercial por una curva de audiencia, sino por un criterio periodístico. Y es que en la radio la presión por las audiencias es menor ya que "las notas del examen" son trimestrales. El EGM marca las pautas de programación, pero en la radio se cumple una política generalizada: el programa que empieza temporada la acaba. Política que no rige en televisión, donde la impaciencia es la práctica generalizada.

Si en el sector audiovisual las audiencias condicionan en extremo los contenidos, ni que decir tiene que en la prensa escrita ocurre algo parecido. Hasta ahora la prensa de papel se regía por los intereses empresariales o las simpatías políticas del editor o director, pero en el mundo digital la febril guerra del click ha importado el amarillismo británico en tiempo récord. Porque todos los editores, prácticamente sin excepciones, han entrado en una orgía burbujil, todavía deficitaria pese a la precariedad generalizada, en la que las toneladas de visitantes son la mercancía a ofertar a los intermediarios publicitarios. Por eso ahora dan igual las historias: de cada artículo solo interesa su número de páginas vistas y que el análisis SEO sea apto para que Google no penalice. Ya no hay tiempo para el análisis ni los planes de futuro, solo hay tiempo para publicar compulsivamente sin corregir. La guerra del click combinada con la absorción o asociación con terceros de los grandes medios nativos digitales (con el apellido Sites para la auditora de tráfico comsCore) ha encaminado la guerra hacia la batalla del periodismo hacia la guerra por el usuario. Esta dinámica podría cambiar si los muros de pago fuesen eficaces, ya que la calidad se antepondría a otros baremos. Pero con el funcionamiento actual de los ingresos, en la que pequeños editores que crecen como champiñones pelean por una menguada tarta de grandes corporaciones cuyos planes inmediatos son desinvertir en publicidad, la influencia ha perdido valor y ni siquiera el papel puede ofertar el monopolio de antaño al ser durante décadas el guardabarreras capaz silenciar o atenuar el ruido de una verdad incómoda.




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