La entrevista de Jordi Évole a Iñaki Urdangarin en 'Lo de Évole' no es un error puntual ni un simple cambio de tono: es una renuncia consciente al periodismo que durante años le dio sentido y prestigio. Lo que se vio este domingo en La Sexta no fue una conversación exigente con un condenado por corrupción ligada al dinero público, sino un ejercicio de empatía televisiva que rebaja los hechos a anécdota y el delito a tránsito vital.
Hubo un tiempo en que Évole estuvo a punto de entrevistar a Urdangarin. Fue en 2018, cuando el caso Nóos aún no había sido digerido por la opinión pública, cuando el daño al erario y a la credibilidad institucional seguía fresco y cuando una entrevista no habría sido un paseo sentimental, sino un ejercicio de periodismo incómodo. Aquella conversación, de haberse producido, habría sido una entrevista de verdad: preguntas incómodas, repreguntas, contexto y memoria. No ocurrió. Y quizá por eso lo que hemos visto ahora resulta todavía más decepcionante.
En lugar de eso, Évole ha optado por el costumbrismo blando: preguntar si en las reuniones familiares cada uno se llevaba su silla de casa, si Urdangarin compraba churros para todos o si Juan Carlos Borbón era tan gracioso como parece. Preguntas domésticas, casi entrañables, formuladas a un hombre condenado por malversación, prevaricación, fraude a la administración, tráfico de influencias y delitos fiscales. A alguien que utilizó, entre otras cosas, una fundación para niños con discapacidad como instrumento para desviar dinero público.
No se trata de negar que Urdangarin haya cumplido su condena ni de impedirle rehacer su vida o contar su versión. Se trata de algo mucho más elemental: de no convertir ese relato en un proceso de blanqueamiento mediático. De no confundir el derecho a hablar con el derecho a ser tratado sin contexto y sin memoria. De no asumir, como marco narrativo, la idea de que fue poco menos que una víctima colateral de la crisis de la Casa Real.
Conviene recordarlo porque no es un detalle menor: Jordi Évole fue, durante años, el periodista que más y mejor preguntó por la corrupción que alimentó la ola de indignación del 15M. Fue quien puso nombres, cifras y responsabilidades a los abusos que habían vaciado lo público mientras se pedían sacrificios a la ciudadanía. Precisamente por eso resulta tan difícil de entender —y tan doloroso de ver— que hoy se permita el ridículo de una entrevista convertida en charla costumbrista, donde el condenado por malversación es tratado como un pariente simpático y no como una figura pública obligada a rendir cuentas por el uso del dinero de todos.
Hasta un gañán como el perezrevertiano Juan del Val hubiera realizado una entrevista más digna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario