Íñigo Errejón denuncia la brutal campaña de El País contra Podemos








El número dos de Podemos, Íñigo Errejón, ha respondido este fin de semana al editorial del pasado día 19 publicado por El País, El Dilema de Podemos, en el que el felpudo del Sistema dice que "la indefinición y el pretendido viaje al centro político castigan las expectativas del partido de Pablo Iglesias".

Errejón dice que "es claro que el editorial no describe una situación dada, sino que milita y trabaja por ella (la foto no puede ser mejor expresión de esto). No estamos ante la opinión o valoración de un columnista, sino ante la posición oficial del periódico, que ha sido durante tres décadas uno de los más importantes intelectuales colectivos del régimen de 1978, y, en concreto, el que se ha encargado de la integración de los sectores progresistas en él. Su giro marcadamente conservador y su desgaste generacional le han hecho perder esa capacidad hegemónica, pero no el tono de autoridad, ni la voluntad de ser el heraldo del 78."

Añade además que "el editorial fija los límites de lo tolerable, reivindica de forma naturalizada para El País el derecho a adjudicar posiciones -incluída la de “la centralidad”, que descubrieron con Vistalegre- escribe la historia y la verdad de Podemos y fabrica un espacio marginal en el que recluirnos.
Primero, castiga a Podemos por “radicales-populistas” y se desata una campaña del miedo que, a menudo, los entornos militantes menosprecian pero que es crucial e inspira constantes preguntas en los trenes o en la calle: “¿Es verdad que vais a quitarle a la gente su segunda casa?” “¿Es verdad que vais a prohibir las fiestas de moros y cristianos de mi pueblo?” Esta campaña cortocircuita la simpatía y la detrae del apoyo político explícito, que se intenta desincentivar (“yo quizás les vote en la siguiente”) e, incluso, estigmatizar (“Podemos sería el caos”). Acto seguido, El País castiga por el intento de eludir esa etiqueta. La conclusión es clara: va a haber hostigamiento cada vez que intentéis disputar las posiciones del sentido común de época, las ubicaciones potencialmente de mayorías. Pero puede haber un trato amable e incluso ciertas dosis de reconocimiento, si os acomodáis al espacio residual de pura y folclórica minoría. Se puede ser radical y recibir elogios por ello. Lo que no se puede esperar es recibir elogios y, a la vez, pretender construir una mayoría nueva para impugnar en serio el statu quo, asumiendo las dificultades y contradicciones que conlleva. El centro del tablero lo definen ellos, los que se plieguen a sus márgenes pueden ser radicales buenos. Los que no, se encuentran ante “el dilema”.
El texto sigue en una maniobra de cerco que lleva meses en marcha: en medio de un proceso de agudísima descomposición moral y política del orden del 78, de contradicciones y escándalos en sus aparatos y actores, hay que encerrar a Podemos a hablar de sí mismo. Hay que cortar sus vínculos, acabar con sus posibles guiños e iniciativas para aislar a Podemos del descontento mayoritario, de la voluntad creciente de un país nuevo y más justo. Hay que distinguir ambas cosas como si no tuviesen nada que ver y levantar una muralla de polémica, que enrarezca y separe. Además esta maniobra disminuye las fuerzas en el agotamiento cotidiano de tener que estar respondiendo, desmintiendo, contestando, matizando o desactivando. El ideal es que Podemos sólo pueda hablar de lo que ocurre dentro de sus contornos -y ahí nadie va a ganar a los medios del régimen en defender el pluralismo y la democracia- para así asegurarse de que no crece más allá de esos límites."

Y remata: "La batalla moral. No ha comenzado aún el curso político, o arranca lentamente, y ya hay un estribillo repetido con tenacidad por los creadores de opinión del régimen: el cambio ya no es posible. Es tan poco posible que algunos trabajan día y noche para que esta idea cunda. Se trata de minar los ánimos del inmenso caudal de mujeres y hombres que militan por el cambio en sus pueblos, barrios, ciudades o centros de trabajo. Y desincentivar a los que simpatizan pero son más proclives a sumarse a las fuerzas ganadoras o en ascenso. Intentar generar una imagen de retroceso para provocar el retroceso. No es la primera vez que ocurre y, de hecho, estas profecías se han sucedido casi con una regularidad mensual en este año político acelerado. Pero la insistencia, la virulencia y la coordinación de esa maniobra en diferentes sectores mediáticos e ideológicos del régimen pueden ser uno de los mejores indicadores para valorar las posibilidades de cambio político y de ruptura popular aún abiertas en España".



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