La subcultura arrogante de Jordi Costa










Jordi Costa pretende iluminarnos con 'Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España (1970-2016)', que acaba de arrojar a las librerías. Este brillante crítico cinematográfico confecciona de nuevo un amarillento álbum de fotos del cual pretende que extraigamos una conclusión: él es el salvavidas de una cultura supuestamente perseguida en el estado español.

Pero Costa peca de la inconsistencia propia de la falta de militancia. El anarcofrivolismo o el liberalismo cultural están muy bien, pero etiquetarlos con valentía no deja de ser en demasiadas ocasiones una estrategia de marketing para vender una falsa autenticidad que esconde su falta de peligro para el Sistema.

El disfraz del Che

Este ensayo reivindica una cultura minoritaria llena de ocurrencias, disfraces y postureos. El autor es capaz de aplaudir con alegría las canciones infantiles de Pepe da Rosa o esa torpe imitación valenciana de los Monty Python llamada 'Que nos quiten lo bailao'. No pretendemos caer en la tentación carca del marxismo que nos ha llevado a una corrección política que impide que se hable o haga comedia con plena libertad sobre los temas más sensibles.

Pero tampoco pueden digerir los lectores la teoría de Costa, que pretende hilvanar una concatenación de despropósitos ibéricos para hacernos creer que fueron perseguidos. El marxismo heterodoxo es recomendable para estos tiempos, pero suele ser enarbolado con la arrogancia típica del que nunca pierde por dos razones: no milita y nunca se compromete.

Se creían algunos que cambiaban el mundo con sus porros y sus disfraces de malotes, niños bien que pretendían cayera Franco con sobredosis de opiáceos en Ibiza mientras a otros les partían a ostias en la Dirección General de Seguridad. A los primeros alaba Costa, feliz por advertir con seriedad la pachanga verbenera de Raffaella Carrà, solo admisible en la borrachera veraniega de Puertourraco. Hace bien el crítico en linchar al pop indie español por ser muy poco contestatario o en acuñar el término "cementerio socialdemócrata" para referirse a las giras conjuntas de Serrat y Víctor Manuel. La pena es que a la vez encumbra a los altares cualquier tipo de porquería sin ningún tipo de intención, situación que sin tirar de dogmatismo podría ser calificada de subcultura quinqui o como segunda división del show business de masas.

Desconoce Costa que se ha convertido en un defensor del pan y circo, situación que por supuesto es admisible. Pero es penoso hacerlo con las pretensiones ideológicas de una izquierda que nunca se moviliza para felicidad de los de siempre. Esta obra apunta con acierto al Rock Radical Vasco o a Nazario como Contracultura, pero los equipara con los lugares comunes de la dieta del frikismo de habitación cerrada: porno, comics de ciencia ficción, folclore maternal y comedia costumbrista.

Estos son los que siempre encumbran a Gonzalo García Pelayo, pícaro de casino cuyas heridas de guerra en el Régimen fascista fueron que le cerraban la discoteca de pijos con la que hacía negocio en Sevilla. Recuerden que los grises no le amargaban la noche porque pusiese la Internacional, sino porque pinchaba a Jimi Hendrix con la misma careta progre del que se cree diferente y se dedica a hacer cine experimental y marginal, no por valiente sino por infumable. Para todos excepto para los que aplaudiéndolo pretenden ser mirados como genios incomprendidos . 'Cómo acabar...' se recrea en artistas que en su mayoría que acapararon foco por chispazo, que no tuvieron constancia y que no se jugaron el cuello en los tiempos duros. A ellos va este libro, apto para la típica izquierda idiota que quiere vivir del rojerío profesional que le proporciona el Sistema por legitimarlo con su ridícula e inofensiva presencia.





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